miércoles 5 de enero de 2011

Música para astronautas por Paulo Pécora


Todos los viernes de ENERO. 22hs en el CINE COSMOS
Corrientes 2046
Entrada. 15 pesos.
Descuento a jubilados y estudiantes.


Cine del más allá.
por Paulo Pécora.


Experimental, artesanal, independiente, autoral o, sencillamente, un cine del más allá.

Llámenlo como gusten, pero en los rincones secretos del escenario audiovisual argentino existe y se desarrolla silenciosamente una corriente de valiosas individualidades cuyo denominador común es la investigación y la práctica libre y desprejuiciada de ciertas posibilidades olvidadas del séptimo arte.

De manera paradójica, el lugar marginal que ocupan en los cines, la prensa, los festivales y otros espacios de legitimación, se convierte para ellos en una zona auspiciosa de subjetividad, juego y experimentación permanente.

Sus límites son su alimento. Las dificultades y precariedades técnicas no son nunca un impedimento, sino más que nada un nuevo impulso, un desafío a superar. El secreto de su fuerza –y otro de sus puntos comunes- es intentar vencer siempre cualquier tipo de imposibilidad. Y no sólo vencerla, sino convertirla en una posibilidad creativa más, en un instrumento narrativo potente, efectivo y novedoso.

Los códigos y recetas de la narración convencional desaparecen, son trastocados o se diluyen en la investigación y el desarrollo de formas y posibilidades narrativas más íntimas e intuitivas, muchas veces signadas por el azar. Las historias, los actores, e incluso la realidad, dejan de ser la materia del cine, para abrirle la puerta al cine mismo, al celuloide, a su esencia pictórica, musical y fotográfica.

La manipulación e intervención del negativo y el material expuesto son una constante en muchos de estos autores, cuya vocación pareciera ser la revalorización de una forma más artesanal y poética de entender el cine.

Las posibilidades de intervención del cineasta en su obra son absolutas, tanto durante el rodaje (cuadro por cuadro, ralentis, aceleraciones, fueras de foco, combinaciones aleatorias entre zoom y tamaños de cuadro, sobreexposiciones), como en todas las demás instancias de la hechura cinematográfica.

En el proceso de revelado o en el uso posterior del positivo como lienzo -para pintarlo, rayarlo, agujerarlo o quemarlo-, en la escritura o reescritura que supone su edición o montaje, y en algunos casos específicos también en las posibilidades creativas –múltiples pantallas, loops, cambios de velocidad, desenfoques, sombras sobre la pantalla, etcétera- que existen en el momento mismo de la proyección.

Aunque no estén restringidos a ningún formato en particular, muchos de ellos se expresan a través de película reversible de paso reducido, tanto en 16 como en súper 8 milímetros, o por una cuestión de costos y accesibilidad o porque sus pequeñas cámaras les permiten trabajar de manera ágil y solitaria, pero también porque valoran y reivindican la textura única del grano fotográfico de la imagen,

Estas y otras características son compartidas por muchos realizadores argentinos que persisten y perseveran en la experimentación, más allá del alto, mediano o escaso reconocimiento que puedan obtener la fuerza y coherencia de sus obras.

Se trata de un movimiento de individualidades inclasificables, con escrituras diferentes y puntos de vista estéticos cercanos aunque nunca idénticos, que se vinculan entre ellos de manera lúdica, desinteresada, sin necesidad de un manifiesto u objetivo concreto, sino quizás con la única pretensión de colaborar y enriquecerse mutuamente.

Uno de ellos es Ernesto Baca.

Artesano del celuloide, director inquieto y prolífico, Baca concibe a su lugar en el cine como un acto de resistencia. Autor de cinco largos experimentales (“Cabeza de palo”, “Samoa”, “Música para astronautas”, “El sirviente” y “Vrindavana”, además del inconcluso “Ganges”), sus imágenes encierran una visión política y a la vez íntima y poética, entrelazada con una forma espiritual de entender la vida.

Muy influido por el hinduismo y la filosofía oriental, y por una sensibilidad experimental que le transmitió el realizador Claudio Caldini, Baca eligió una tendencia hacia la abstracción "que –según dijo- intenta rescatar imágenes cotidianas que podrían convertirse en umbrales hacia otros mundos si les prestáramos la suficiente atención".

El suyo es un cine donde, si bien existe, la trama es mínima o se diluye rápidamente en flujos de fotogramas manipulados desde el momento mismo de su concepción. Los temas son actuales y trascendentes, describen dramas humanos, sueños y visiones afiebradas, pero las historias que los evocan se van disolviendo en múltiples modos de representación subjetivos, inconexos y anárquicos.

El registro de imágenes y la posterior intervención del celuloide –donde su propia mano lo pinta, le pega sustancias, lo raya, lo dibuja o lo sella- revelan una predilección por la forma y una voluntad pictórica cercana al expresionismo abstracto.

Sus películas proponen viajes a otra dimensión, periplos sensoriales que conducen hacia una percepción lírica de lo real, una forma de superar los procesos de entendimiento acotados de la razón.

Es un cine ligado a sensaciones, que no responde a una codificación del lenguaje, sino que apunta a una comunicación más directa y apela a una participación más comprometida del espectador.

La dimensión temporal no se rige lineal ni cronológicamente. Los hechos no tienen un orden jerárquico, sino que responden a un tiempo fragmentado, donde la línea recta es reemplazada por una espiral. Es la lógica del cadáver exquisito, el collage y el rompecabezas, pero también la del enigma, el azar, lo incompleto y lo elíptico.